Decidí ir a la farmacia caminando; en cuanto salí comenzó a lloviznar. Llevaba un pequeño paraguas, realmente no servía de mucho pero aun así me acompañó. Caminé y caminé, y a cada paso que daba, el agua que caía del cielo iba en aumento. No pudiera describir con palabras la sonrisa dibujada en mi rostro. Mis sentidos estaban a flor de piel, y una sensación de inmensa felicidad inundaba mi corazón.
Quería ir a abrazar a la gente, y hasta alguna risa se me escapó. Confieso que a ratos ocultaba el rostro porque muy en el fondo me avergonzaba sentirme tan feliz; no quería que fuera tan notorio. Ha ha, que irónico. Nos pasamos la vida ocultando nuestras tristezas y malos caracteres con una sonrisa falsa que nos mata por dentro, y cuando estamos felices nos da vergüenza porque nos sentimos ridículos de ser felices y tener esa cara de niños inocentes. Debería ser al revés... En fin, me desvié.
Llegué a la farmacia y lo último que quería era parar, no quería dejar de caminar. Decidí prolongar mi caminata. Seguí caminando y caminando y la lluvia seguía en aumento, y entre más aumentaba, más crecía esa sensación en mi alma. A la par de mi caminata me acompañaba una canción de Arjona que decía a grandes rasgos: "nadie sabe a dónde va". ¡Es verdad! Nadie sabe a dónde va.
Sabemos que vamos algún lugar pero nadie tenemos la certeza de llegar a ese lugar. A lo mejor nos desviaremos, a lo mejor simplemente no la vamos a hacer y no lleguemos. Lo único cierto es que estamos en esta vida yendo y viniendo, comprando y comprando sin sentido porque creemos que mejor vestidos llegaremos más pronto a ese lugar. La verdad es que NADIE sabe a dónde va. Haha, no puedo evitar reír. Somos tan tontos...
Había poca gente en la calle, la mayoría de ellos corría. ¿Por qué? Porque no quería mojarse, así de sencillo. No queremos mojarnos porque nos vamos a enfermar, porque no queremos arruinar nuestro maquillaje o peinado o vestido, corremos porque nos da frío, porque nos da miedo tanto ruido, porque es incómoda la sensación de estar mojado, en fin... evitamos alguna situación. Cientos de razones, la mayoría inconscientes, pero corremos. Así que decidí frenar mi paso acelerado, y acepté mi situación de desventaja con el mundo. El mundo me estaba comiendo, se estaba yendo sobre mí con esas cantidades escandalosas de agua y más agua. No hallaba salida, no encontraba techo por ningún lado y mi piltrafa de paraguas no servía más de que apoyo moral. Así que decidí disfrutar el viaje, gozar de esa situación de desventaja.
Por primera vez no podía controlar el mundo, controlar mis movimientos ni la cantidad de agua que caía sobre mí. Y lo más paradójico es que la felicidad crecía y crecía como crecían los ríos de agua y lodo.
A mi paso hubieron varias personas que iban demasiado ocupadas corriendo, y otras corrían pero reían de su desgracia, otras se sumergían en su desesperación y angustia... era como una burla del cielo tanta agua. Hasta que me crucé con un señor que tenía la misma sonrisa ridícula dibujada que tenía yo. Ha ha, de verdad era graciosa. Nos conectó la mirada y nos hizo cómplices de esa situación de risa. Los dos atrapados en la lluvia sin poder salir con un ridículo paraguas en la mano. Nos vimos y se nos escapó una carcajada; después cada quien siguió en su dirección. Fue un momento que puedo decir de perfecta sincronía y conexión única en mi vida. Nunca lo olvidaré.
Llegué a Waldo´s, compré un cepillo, me preparé psicológicamente para el siguiente tramo de regreso a casa. La lluvia parecía no cansarse de caer y los ríos y ríos de agua se acumulaban e inundaban las banquetas. Ahora sí, temblaba de frío, los coches me salpicaban con fuerza grandes cantidades de agua enlodada, no escuchaba la música en mi ipod, no había nadie caminando, no había alumbrado público, me guiaban sólo las luces de los coches.
No paraba de reír. Había tramos en donde el agua me llegaba a las pantorrillas, y yo seguía y seguía con los pantalones a media pompa remojados. Una cuadra antes de llegar a casa el agua disminuyó. No quería llegar, no quería encerrarme, quería seguir viviendo esa aventura; así que no llegué. Me quedé afuera, en la calle frente a mi casa observando el mundo. No había cosa más hermosa que podía estar viendo y sintiendo en esos momentos. Parejas bajo un mismo paraguas, señoras riendo compartiendo el paraguas caminando en medio de la calle disfrutando la escases de coches. Nos sonreíamos los unos a los otros; éramos cómplices. Yo: parada, remojada, temblando, sonriendo, cantando, viviendo. Lo único que podía sentir en esos momentos era libertad porque la lluvia se había convertido en mi aliada. Toda esa tormenta me había liberado de todo, de mis complejos e inseguridades, del tiempo. Sólo existíamos esas personas que habíamos vivido la tormenta a todo su esplendor, sonrientes, liberadas, sin nada, sin ninguna posesión más que la de un paraguas y la de un cuerpo y una mente dispuesta.
Cómo cuando tenemos menos curiosamente nos sentimos más libres. A lo mejor nos hace falta tenerle menos miedo a las tormentas y simplemente vivirlas, al fin y al cabo, nadie sabe a dónde va.